Las razones son las mismas. Las cosas no están bien cuando un hombre honrado e inteligente que ha trabajado con tesón y humildad toda la vida, no tiene al cabo de ella un pan en el que reclinar la cabeza, ni un peso ahorrado, ni el derecho de pasear tranquilo al sol, ¡tan necesario a los viejos! Las cosas no están bien cuando el que en las cuidades "agua las acciones" de los ferrocarriles, que es como aguar el vino, haciendo aparecer más vino del que hay, vive en consideración y holganza que exasperan al minero, al cargador, al guarda-agujas, al maquinista, a tanto mísero que tiene que contentarse con sesenta y cinco centavos al día, en lo crudo del invierno, para que la compañía pueda pagar a sus accionistas dividendos pingües sobre un capital falso, mucho mayor que el que realmente emplearon. Las cosas no están bien cuando, para que una mujer desgreñada y sus chicuelos amarillos puedan vivir en un rincón de casa de vecindad fétida, tienen que salir los hombres antes del alba, con sus vestidos de hule manchados y sus capotes rotos, con su merienda de poco peso en la tinilla de lata, a cavar, a edificar, a levantar monumentos en los lugares de aire puro y hermosas cercanías, de donde emprenden su viaje al caer la noche a sus casas lejanas, hambientos, agrios, soñolientos, a comer, a beber, a crear de prisa y en las sombras, entre vapores de cerveza y boqueadas de odio, una generación de anémicos que nace ebria.
Las razones son las mismas. La concentración rápida y visible de la riqueza pública, de tierras, de vías de comunicación, de empresas, en una casta acaudalada que legisla y gobierna, ha provocado la concentración rápida de los trabajadores, quienes sólo apretándose en liga formidable, que a un tiempo deje apagar los fuegos en los hornos y crecer yerba en las ruedas de las máquinas, puede oponer con éxito sus derechos a la altivez y descuido con que los miran los que derivan toda su riqueza de los productos del trabajo que maltratan.
De un artículo publicado en el periódico mexicano El Partido Liberal en 1886
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Libres se declaran los pueblos todos de América a la vez. Surge Bolívar, con su cohorte de astros. Los volcanes, sacudiendo los flancos con estruendos, lo alcaman y publican. ¡A caballo, la América entera! Y resuenan en la noche, con todas las estrellas encendidas, por llanos y por montes, los cascos redentores. Hablándoles a sus indios va el clérigo en México. Con la lanza en la boca pasan la corriente desnuda los indios venezolanos. Los rotos de Chile marchan juntos, brazo en brazo, con los cholos del Perú. Con el gorro frígio del liberto van los negros cantando, detrás del estandarte azul. De poncho y bota de potro, ondeando las bolas, van, a escape de triunfo, los escuadrones de gauchos. Cabalgan, suelto el cabello, los pehuenches resucitados, voleando sobre la cabeza de la chusma emplumada. Pintados de guerrear vienen tendidos sobre el cuello los araucos, con la lanza de tacuarilla coronada de plumas de colores, y al alba, cuando la luz virgen se derrame por los despeñaderos, se ve a San Martín, allá sobre la nieve, cresta del monte y corona de la revolución, que va, envuelto en su capa de batalla, cruzando los Andes. ¿A dónde va la América, y quien la junta y la guía? Sola, y como un solo pueblo, se levanta. Sola pelea. Vencerá sola.
Fragmento de Madre América
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